Ayer me entregué al sueño y he despertado en el mismo. Otra vez me persigue esa cuenta regresiva donde las cosas se pierden, no la que quisiera. Las palabras a veces me recuerdan su soledad y la mía, el tratar inútil que nos abriga para repelar las penas. Una sentencia impuesta y sin carencia de nombre por el sentido hacia al cual va dirigida: distancia. Sí, ese apartar de mundos tan pequeños que en desconocida lucha se hacen grandes. No es de negarse que causan confusión y miedo cuando al principio nos topamos contra una de sus múltiples paredes, hasta llegar a desangrarnos aun sin darnos cuenta. Tal vez éste sea mi cruzar de murallas. La realización de un universo que explota y renace es posible con el devenir de una vena vacía. Crear un Edén con dos serpientes y manzanas, ver los resultados y desecharlos después. Ahuyentar toda emoción de la filmografía y hablen los pies a las bocas tiradas, prestaran lo que un día fueron sus zapatos. Porque llega el día en que ya nada es creíble, y sin embargo persiste como un cordón umbilical tanto el horror como la fantasía. Esta cuenta regresiva es más complicada aun: presentir y sentimientos. Dos palabras que se expanden en nueve y doce letras diferentes y demás simbólicas/significativas. El sueño decae en un torbellino donde la salida se esconde, todo es difuso dentro de él. No creo posible haber terminado ya con mi mundo de paredes y murallas, debo regresar antes de que me pierda. Por el momento, me aferraré al recuerdo inefable.
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