miércoles, 16 de febrero de 2011

Tumefacciones de la vida

Todo está tumefacto en y de todo. Las risas, lágrimas, soledad, compañía, suelo. Todo. Incluso la lluvia está hinchada de lluvia, los pasos de pasos. Todo. Y sin embargo... en esta enorme inflamación nos guardamos tal como si fuera una caja llena de cobijas para no sentirnos molestos. Unos revueltos entre otros sin tropiezos, un descuido quizá y nada más. Un descuido constante. Y nada más. Porque la risa sigue siendo risa, lágrimas, silencios y gritos... Así como los descuidos y distancias. Quién entendería esto, para qué preguntarlo o ponerse a observar. Los niños juegan dentro de una perversa inocencia y no habrá día que no los entendamos si no es con admiración y ternura, tal vez un poco de psicoanálisis para ayudar a encubrirlo mejor. Mientras que la maldad como hecho se dispersa en golpes y disparos adornados en grandes páginas, también hay quien siempre sale de la nada para robarnos una desconocida sonrisa que nos llena de su inapelable misterio. Y es cuando esta gran tumefacción cobra un poder fantasmagórico, que en su descuido constante suele ponernos el pie para caernos y hacernos levantar bajo quien sabe porqué de nuevo. Somos marionetas del destino, y en toda obra  (sobre todo en esta) hay una guerra de palabras, sentimientos y tomas de conciencia. La caja llega a agitarse mucho, una agitación casi tumefacta por completo. Al menos ésta ha sido mi perspectiva en los últimos días. Y para mi suerte hay quien con amor desinflama la magnitud de tormentos y ya no tan inútiles lágrimas... Puedo llorar por todo, y más por esta singular sonrisa. No queda más que agradecer la vuelta a la calma.

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