Al ir en compra de tu recuerdo, caí en la cuenta de que la gente suspiraba al mismo tiempo. No era yo quien se encontraba únicamente acompañada de la soledad de los pensamientos, sino todo el ambiente que en cada momento ha sido el ecosistema de tu presencia en la memoria. Hoy no creo en los laberintos, quisiera decirlo en absoluto. Los cúmulos de instantes y su abandono reside en la vida misma. Si no me cegara tanto abriría más mi corazón, como Baudelaire alguna vez lo hizo: lo pondría al desnudo. El miedo de esa nada que nos gobierna lo impide, a pesar de que nada para muchos lo es todo. A fin, es por ello que no puedo dejar de ignorar los laberintos, siendo que en días pasados vivía en el constante encierro de uno y hoy he despertado a la orilla de su centro. Tal vez mi atajo para salir pronto sea descubrirme como lo que soy y podría llegar a ser, confiarme de que comprar un recuerdo es un despojo de ausencia y dote de sensibilidad exacta. No todo lo contrario. Ser mejor como persona y procurar abrir más los ojos, darme cuenta de que nunca estoy sola a pesar de ciertas ideas. Al menos éstas ya son más que algo. Propongo que una de ellas sea ir a bailar de vez en cuando y así reírme de mis laberintos. Ignorar sin querer lo que suceda afuera. Gracias por ser la causa de mi pequeño despilfarre de recuerdos y demás cosas extrañas y secundarias.
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